Mundialmente, un promedio del 47% de la población vive en áreas urbanas. Aún en el rango más bajo de consumo, de 100 – 150 litros diarios per cápita, el consumo de agua en Africa sería de 45 millones de m³ y en Asia de 200 millones de m³ (Reporte sobre Agua y Saneamiento preparado para el II Foro Mundial sobre Agua). La mayor parte se convierte en aguas residuales.
Por otra parte, la agricultura consume más del 70% de los recursos globales de agua explotados y las ciudades compiten cada vez más con la agricultura por el agua.
Dada la creciente escasez de agua, se vuelve obligatorio encontrar fuentes alternativas de agua para riego. Una de las formas es a través del mejoramiento del uso de aguas residuales urbanas, transformando los desechos en recursos para la obtención de productos útiles y necesarios para la población.
El uso de aguas residuales urbanas en la agricultura es una práctica ampliamente establecida, particularmente en las áreas urbanas y periurbanas de zonas áridas y estacionalmente áridas. Las aguas residuales son utilizadas como una fuente de riego, así como también como fuente de nutrientes para las plantas (como nitrógeno, fósforo y potasio) y oligoelementos (K, Na, etc.) permitiendo así a los agricultores reducir y hasta eliminar la necesidad de comprar fertilizantes químicos y materia orgánica que sirve como acondicionador del suelo y para la reposición del humus. Lunven (1992) estimó que una décima parte o más de toda la población mundial consume actualmente alimentos que se producen con aguas residuales (aunque no siempre de una manera segura).
En el mundo desarrollado el uso planificado (de agua residual tratada) es más común, como en los casos de Israel, Australia, Alemania y los Estados Unidos. Una revisión de las publicaciones (Haruvy, 1997) señala que Israel es el país que está a la vanguardia en el uso planificado de aguas residuales, con un total del 70% del agua que demandará la agricultura en el 2040 a ser proveída mediante el tratamiento del efluente.
Para citar unos pocos ejemplos, en países en desarrollo como India, Pakistán, China y México, el riego con aguas residuales se ha producido, con frecuencia, de manera espontánea y no planificada, y ha sido practicado durante décadas e incluso siglos por agricultores pobres de áreas urbanas y periurbanas. Las conclusiones de los estudios realizados indican que aproximadamente el 80% de las aguas residuales podría ser usado para riego, siendo China y el Sudeste de Asia quienes hacen un empleo significativo de los residuos no tratados para este fin (Mara y Cairncross, 1989). Solamente en América Latina, al menos unas 500.000 ha de tierra son irrigadas con aguas residuales no tratadas, de las cuales más de la mitad se encuentran en México (Rodríguez et al, 1994). Lo mismo sucede en Africa, donde varios estudios de casos (Bakker et al, 2000) realizados en las principales ciudades (Accra, Dakar, Nairobi) señalan el uso generalizado de aguas residuales.
Las actuales prácticas de uso de aguas residuales en países en desarrollo incluyen una distribución oficial de aguas residuales tratadas en forma primaria y secundaria (es decir, luego de ser mecánica y biológicamente tratadas), el uso de aguas residuales diluidas provenientes de corrientes de agua urbanas y el acceso de agricultores a aguas residuales crudas provenientes de drenajes abiertos y del alcantarillado subterráneo.
El uso informal de aguas residuales por parte de los agricultores y horticultores intraurbanos y periurbanos es la situación más común. Para grandes grupos de ciudadanos pobres (así como para otros en mejores condiciones), el acceso a aguas residuales es el principal factor que determina su seguridad alimentaria y su capacidad de generar ingresos. Sin las aguas residuales su producción estaría limitada a la temporada de lluvias y su productividad sería mínima.

